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Billete de cien dólares estadounidenses sobre fondo oscuro
Foto: U.S. Treasury / Wikimedia Commons (Public domain)
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Cómo sobrevivir con $140 al mes: la guía para los que se quedaron esperando la remesa

EL PAÍS CELEBRA RÉCORDS DE REMESAS Y LA FAMILIA CELEBRA QUE ESTA VEZ EL DINERO ALCANCE PARA LA MITAD DE LO QUE YA DEBÍA


San Salvador — Cada mes, mientras el Gobierno anuncia que las remesas rompieron otro récord —más de ocho mil millones de dólares al año, casi una cuarta parte de la economía nacional—, en una casa de Soyapango alguien revisa el teléfono con la devoción de quien espera un milagro con horario de entrega. El milagro se llama remesa, llega el día cinco y tiene la mala costumbre de alcanzar para menos de lo que debe cubrir.

Esta guía —pensada para durar tanto como la espera— está dedicada al que se quedó: el que recibe los $140 mensuales que un familiar manda desde donde tuvo que irse porque aquí no había con qué. El que espera también trabaja, pero su trabajo es otro: administrar la ausencia, estirar el envío y explicarle a la tienda de la esquina que el dinero «ya viene en camino», frase que en El Salvador tiene la misma vigencia que «el agua de ANDA ya la están arreglando».

El primer paso es entender el calendario emocional del mes del que espera. Los primeros tres días después de la remesa son de euforia, parecen alcanzar hasta para la deuda de la luz con DELSUR. Los siguientes veinte son de administración de crisis, y los últimos días, de una fe tan grande que podría mover montañas, o al menos convencer al cobrador de la mensualidad de esperar una semana más. El fin de mes es, en casa del que espera, un deporte extremo que no aparece en los Juegos Nacionales.

Un economista de una universidad pública que pidió no ser identificado explicó que el receptor de remesas es el único agente económico del país que planifica su presupuesto en dólares que todavía no ha visto, un ejercicio que llamó «finanzas especulativas con olor a pupusa». El especialista recomendó no gastar el dinero dos veces en la cabeza, práctica que, admitió, es la base de la economía familiar salvadoreña desde tiempos inmemoriales. Cuando la remesa cae en viernes, el sábado es de mercado y el domingo de pupusas, porque la dignidad también se come con curtido.

La relación con el remitente es el segundo pilar de la guía. El familiar que manda el dinero desde Estados Unidos es, a la vez, el héroe que sostiene la casa y la ausencia que se siente en cada cumpleaños por videollamada. Hay que llamarlo los domingos, agradecerle el envío y evitar a toda costa la pregunta que lo haría sentir culpable: si no fuera por la remesa, ¿el país tendría que haber generado empleos?

Hay fechas sagradas que el que espera conoce de memoria. El 10 de mayo, por ejemplo, la remesa llega con un extra de gloria: es el Día de la Madre, y aunque el hijo que se fue no pueda estar, el que se quedó le compra la torta, le prepara la serenata y le entrega el regalo «de parte de los dos», en una coreografía de amor a distancia que ni el Banco Central contabiliza. En diciembre, en cambio, el aguinaldo —ese dinero que la ley dice que llega entre el 12 y el 20— ya tiene dueño desde octubre: la mensualidad atrasada, el regalo del niño y la deuda de la tienda, en ese orden, antes incluso de que exista.

Y aquí la guía pide un momento de compasión, porque diciembre también tiene su lado oscuro: está el que recibe el aguinaldo y lo celebra tan a lo grande que el 31 de diciembre amanece con una resaca que dura hasta enero, cuando los hijos piden cuadernos y él descubre, con la misma sorpresa de todos los años, que la libreta de ahorros no existe. La guía no lo juzga: solo recuerda que la mochila nueva se compra en enero, y que el alcohol de fin de año es caro, pero los cuadernos también.

El Gobierno, por su parte, considera las remesas un logro nacional y las celebra con el entusiasmo con que se inauguran las obras: como si el dinero que mandan los que se fueron no fuera, también, el recibo de los que se quedaron. Los expertos internacionales llaman a esto «fuga de cerebros». En El Salvador se llama simplemente «la diáspora», y su economía es tan importante que casi nadie se atreve a preguntar qué pasaría si un día los que se fueron deciden quedarse allá también con el envío.

Esto es sátira. O quizás no. Y si lo confundes con la realidad, ese es el problema.


Esto es sátira. O quizás no. Y si lo confundes con la realidad, ese es el problema.