Oslo, Noruega — San Salvador (vía Twitter) — La diputada Claudia Ortiz, única representante del partido VAMOS en la Asamblea Legislativa, cometió esta semana el imperdonable pecado de asistir al Oslo Freedom Forum, uno de los foros internacionales más importantes sobre democracia y derechos humanos. Su delito: llevar la voz de los salvadoreños a un escenario global. Su castigo: una coordinada operación de guerra digital ejecutada desde el recién inaugurado «Ministerio de Propaganda», con el hermano del presidente como comandante en jefe de la tropa tuitera.
Operación «Silencio, que están hablando». Apenas Ortiz publicó en su cuenta de X que había participado en el evento —y compartió un video de su intervención—, las huestes digitales del oficialismo entraron en acción con la precisión de un reloj suizo (aunque fabricado en China y programado desde Casa Presidencial). En cuestión de minutos, centenares de cuentas con fotos de perfil genéricas y nombres como «OscarSV86» y «Bukele4Ever2029» comenzaron a corear el mensaje oficial: que la diputada había viajado a Noruega a «pedir dinero», a «hablar mal del país» y a «representar a los pandilleros». Nunca se supo si vieron el video completo de su discurso, porque cuando lo único que tienes es un martillo tuitero, todo parece clavo opositor.
El hermano que no es funcionario pero tuitea como si lo fuera. El ataque principal vino de una cuenta verificada con 172 mil seguidores y el nombre de usuario @bukele. No, no era el presidente. Era Karim Bukele, hermano menor del mandatario, cuyo perfil en X dice «Campaign manager for @nayibbukele» y que ha descrito su rol como: «Ayudo a mi hermano, sí. No recibo salario y no tengo un puesto en el gobierno». Un ciudadano privado, sin cargo oficial, sin sueldo público, pero con la capacidad de activar la maquinaria propagandística del Estado con un solo tuit. «Parece que la oposición ya escogió su candidato. Viaje pagado a Oslo a buscar dinero, a hablar mal del país y dañar las relaciones bilaterales. Nunca piensan en función país, solo en lo personal. Pero bueno, es un viaje a Noruega gratis», escribió Karim, demostrando que la política exterior salvadoreña ya no se discute en cancillerías, sino en comentarios de Twitter.
El discurso que nadie leyó pero todos criticaron. Lo curioso del caso es que Ortiz, en su intervención, dijo algo que debería haber desarmado cualquier crítica: reconoció explícitamente que «la reducción de la violencia es real» y que «el alivio que sienten los salvadoreños es legítimo». También dijo que nadie que haya vivido décadas de terror pandilleril puede tomarse eso a la ligera. Pero agregó que «los salvadoreños no cambiaron un miedo por otro», que más de 90 mil personas han sido detenidas y que «la popularidad no da legitimidad». Fue suficiente para que la acusaran de «vocera de pandilleros», «traidora a la patria» y «candidata de la oposición a la presidencia» — esto último dicho como si postularse a la presidencia fuera un delito y no, precisamente, el núcleo de cualquier democracia.
El Ministerio de Propaganda: una institución no oficial pero muy eficiente. Analistas en comunicación política han señalado la impresionante velocidad de reacción del aparato digital oficialista. «En menos de dos horas, el hashtag #ClaudiaOrtizMiente estaba en tendencias, y eso no se logra sin una estructura organizada», explicó un experto en redes que pidió anonimato porque «tengo familia y me da miedo que me investigue la Fiscalía». «Es como si tuvieran un ministerio de propaganda, pero sin el papeleo de crear un ministerio», añadió. «Es más barato: no pagan salarios, solo datos móviles y un grupo de WhatsApp bien organizado. La eficiencia del Estado en su máxima expresión».
Mientras tanto, en Oslo... En el mismo foro donde habló Ortiz, también participaron Yulia Navalnaya, viuda del disidente ruso Alexéi Navalny; Pavel Durov, fundador de Telegram; y Sir William Browder, del caso Magnitsky. Pero la atención del oficialismo salvadoreño estaba en un solo objetivo: la diputada de VAMOS. «Es comprensible», comentó un académico noruego que presenció el evento. «En un foro donde se habla de presos políticos en Rusia, censura en China y colapso democrático en Venezuela, tener a una diputada salvadoreña denunciando el mismo patrón en su país... pues claro que incomoda. Es más fácil atacar al mensajero que responder al mensaje. Especialmente cuando el mensaje tiene datos».
La diplomacia del like. Expertos en relaciones internacionales han bautizado este fenómeno como «diplomacia tuitera de sustitución»: cuando no puedes contrarrestar los argumentos de un oponente político en un foro internacional, simplemente mandas a tu hermano a twittear que «es un viaje gratis» y activas los bots para que entierren el mensaje original. «Es más barato que mantener una embajada», explicó un exdiplomático salvadoreño. «Antes, cuando un opositor hablaba mal del país en el extranjero, el gobierno respondía con notas diplomáticas, informes técnicos o, en el peor de los casos, con una conferencia de prensa. Ahora responden con un screenshot y un emoji de burla. La modernización del Estado es real».
Lo que viene. Mientras Karim Bukele sigue twitteando (gratis, porque no cobra salario público, según él) y los trols oficialistas continúan su labor patriótica de perseguir opositores en internet, la diputada Ortiz sigue siendo la única voz disidente en una Asamblea de 60 escaños donde el oficialismo tiene 54. El gobierno, por su parte, no ha emitido ningún comunicado oficial sobre la participación de Ortiz en Oslo — la respuesta oficial fue, exclusivamente, un tuit del hermano del presidente. Lo cual, pensándolo bien, es terriblemente coherente con los tiempos que corren: en El Salvador, la política exterior se hace en 280 caracteres. Y con datos móviles pagados por Dios sabe quién.