San Salvador — El martes pasado, la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) publicó un informe de 147 páginas titulado “Crímenes de lesa humanidad en El Salvador”. Para el jueves, el gobierno había respondido con tres tuits, un meme y la promesa de un “nuevo diccionario jurídico bilingüe” para que los “juristas de café” aprendan a hablar en salvadoreño. «Aquí no hay crímenes de lesa humanidad, hay medidas de optimización gubernamental. Aprendan español», tuiteó el portavoz presidencial, apenas calentando los dedos.
Y aquí estoy yo, columnista satírico de pacotilla, tratando de discernir si lo que acabo de leer es real o si el país entero se ha convertido en un sketch de Monty Python. Porque si hay algo que este gobierno ha perfeccionado, más allá de los protocolos de seguridad y las mayorías legislativas, es el arte de la redefinición lingüística. Y vaya que lo han elevado a categoría de deporte olímpico.
El informe de la FIDH, elaborado por juristas de media docena de países, documenta —con lujo de detalle, testimonios, análisis forenses y evidencia satelital, cosas que en el mundo serio se llaman “pruebas”— un patrón sistemático de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, tortura y ejecuciones extrajudiciales ocurridas entre 2022 y 2026. En el mundo real, eso se llama “crímenes de lesa humanidad”. En el nuevo diccionario gubernamental, se llama “viernes productivo”.
He tenido el privilegio —o la condena— de acceder a un borrador filtrado de ese famoso “Diccionario de Optimización Gubernamental” que, según fuentes de Casa Presidencial, estará listo para junio. Permítanme compartir algunas de las entradas más instructivas, porque la burocracia nunca había sido tan creativa:
Detención arbitraria: «Traslado preventivo no programado con fines de reeducación expedita.» Suena a curso de verano, no a una camioneta sin placas llevándose a alguien que nunca volvió a aparecer.
Tortura: «Técnica avanzada de entrevista motivacional con estímulos multisensoriales.» Si lo dice así, casi suena a meditación guiada. “Respire hondo. Ahora, cántenos dónde escondió al pandillero que nunca fue”.
Desaparición forzada: «Cambio de domicilio unilateral con fines de optimización demográfica.» Como cuando mudas un mueble de lugar, solo que el mueble era una persona y nunca más se supo de ella.
Ejecución extrajudicial: «Procedimiento de neutralización administrativa acelerada sin formularios.» El papeleo, ya se sabe, es lo peor de la burocracia.
Y mi favorita personal: Lesa humanidad: «Término acuñado por la comunidad internacional para describir prácticas de eficiencia gubernamental que no comprenden.»
El plan de comunicación del gobierno es digno de un premio. ¿Un informe internacional de 147 páginas? Tres tuits. ¿Juristas con doctorados en derecho internacional? “Juristas de café”. ¿Evidencia forense verificada por Naciones Unidas? “Memes con mala calidad de imagen”. La estrategia es tan descarada que uno no sabe si reír, llorar o pedir que le vendan el curso de “cómo llamar asesinato a algo que suena a política fiscal”.
Pero lo más fascinante del caso no es la desfachatez, sino la audiencia. Porque el comunicado en tres tuits no iba dirigido a la FIDH. Iba dirigido a un público interno que, en su mayoría, ya no confía en nada que venga de afuera. «Juristas de café» es una frase diseñada para activar un reflejo condicionado: “extranjero malo, gobierno bueno”. Funciona porque la polarización ha hecho del patriotismo un escudo contra los hechos. Y vaya que funciona.
Yo mismo, mientras escribo esto, me pregunto si no estaré cayendo en el juego. Tal vez todo esto es, efectivamente, optimización gubernamental. Tal vez los 67,000 detenidos en el régimen de excepción son simplemente “clientes de un programa intensivo de reubicación temporal”. Tal vez las 147 páginas del informe son, como dice el tuiter oficial, “ficción jurídica escrita por gente que no sabe lo que es vivir en El Salvador”.
O tal vez, solo tal vez, el problema no es que el gobierno mienta. El problema es que ha conseguido que una parte del país celebre el chiste mientras la otra parte llora a sus muertos. Y ahí estamos, todos bailando al ritmo del “Diccionario de Optimización Gubernamental”, mientras alguien, en algún lado, trata de explicarle a una madre que su hijo no está desaparecido: solo está siendo “optimizado demográficamente”.
Que Dios bendiga a El Salvador. O que alguien nos traduzca lo que eso significa en el nuevo diccionario.