San Salvador / Budapest — Cuando la salvadoreña Gabriela Mejía logró una beca para estudiar inteligencia artificial en la Universidad de Tecnología y Economía de Budapest, probablemente no imaginaba que su mayor logro no sería el reconocimiento académico, sino convertirse en carne de cañón para la maquinaria de propaganda oficial.
Todo comenzó cuando una cuenta de Twitter del gobierno salvadoreño publicó un video de Gabriela presentando su proyecto de visión computacional en una feria de innovación húngara. El tuit, que ya acumula más de 15 mil retuits, decía: “Los salvadoreños triunfamos donde sea. Gracias al Nuevo El Salvador, nuestro talento no conoce fronteras. ¡Sí se puede!”
Horas después, la propia Gabriela respondió desde su cuenta personal con un mensaje que desató la polémica: “Con todo respeto, señores, yo me gané esta beca sola. Y si he logrado avanzar es porque acá hay internet estable, no se va la luz cada tres horas y los profesores no llegan con consignas políticas. Bendiciones.”
El último día ha sido un torbellino para la joven de 24 años, originaria de Santa Tecla. En entrevista telefónica con El Salvador Today, Gabriela confesó estar “abrumada” por la atención mediática. “Solo quería mostrar mi proyecto de detección temprana de enfermedades en cultivos. No esperaba convertirme en un caso de estudio de… no sé, ¿de apropiación política?”, dijo entre risas nerviosas.
La historia de Gabriela es, en muchos sentidos, la historia de miles de salvadoreños que han tenido que irse para encontrar las condiciones que su país no les ofrece. Según datos del Banco Mundial, más de 1.6 millones de salvadoreños residen en el exterior, una cifra que no ha dejado de crecer incluso con el discurso del “Nuevo El Salvador”.
Lo que hace especial el caso de Gabriela no es el éxito en sí — hay cientos de profesionales salvadoreños destacando en el extranjero — sino el momento en que su historia fue secuestrada por el relato oficial. “Es el ciclo eterno”, explica el analista político Ricardo Figueroa. “Alguien se va porque acá no hay oportunidades. Triunfa afuera. El gobierno lo usa como ejemplo de que el país está mejor. Y la persona tiene que salir a aclarar que no, que su éxito es a pesar del país, no gracias a él. Es una coreografía tragicómica que se repite cada dos meses.”
La respuesta oficial no se hizo esperar. El vocero presidencial, en su conferencia matutina, señaló que “lamentablemente algunos compatriotas prefieren hacerse las víctimas en lugar de agradecer que gracias a la seguridad y la estabilidad que hemos construido, los salvadoreños pueden brillar en cualquier parte del mundo”.
“La seguridad no paga la matrícula de una maestría en Budapest”, contraatacó Gabriela en un hilo de Twitter que se volvió viral. “Yo pagué mi examen TOEFL, mis aplicaciones y mi pasaje trabajando en un call center bilingüe. En El Salvador. Donde el internet se caía cuatro veces por turno. Así que sí, perdonen si no le agradezco al gobierno por mi beca.”
El debate encendió las redes sociales. Los defensores del oficialismo acusaron a Gabriela de ser “una malagradecida” y de “hacerle el juego a los lobbies internacionales”. Del otro lado, miles de salvadoreños dentro y fuera del país la defendieron, compartiendo sus propias historias de éxito en el extranjero — siempre con el mismo estribillo: “Logré esto A PESAR de El Salvador, no gracias a él.”
Para el sociólogo y escritor salvadoreño Carlos “Charly” Martínez, el fenómeno revela una contradicción fundamental del discurso oficial. “Por un lado, te dicen que el país está tan bien que ya nadie quiere irse. Por otro, cada vez que alguien triunfa afuera, salen corriendo a ponerlo como ejemplo. O el país es un paraíso y la gente no necesita emigrar, o hay que celebrar a los que emigran porque desde afuera demuestran el talento nacional. Las dos cosas no pueden ser verdad al mismo tiempo.”
Mientras tanto, Gabriela sigue su vida en Budapest. Esta semana tiene un examen de álgebra lineal y la siguiente debe entregar un paper sobre redes neuronales aplicadas a la agricultura de precisión. “La verdad es que no tengo tiempo para ser un símbolo de nada. Tengo que estudiar. Y acá en Hungría, cuando prendo mi computadora, el internet funciona. Eso es lo único que siempre le he pedido a mi país.”
Horas después de la entrevista, el Ministerio de Comunicaciones emitió un comunicado anunciando que “el gobierno del Presidente Nayib Bukele se enorgullece de que una joven salvadoreña, formada en el Nuevo El Salvador, esté representando al país con excelencia en el extranjero”. El comunicado no mencionaba la respuesta de Gabriela. Horas más tarde, otra dependencia oficial tuiteó que “los salvadoreños también triunfamos en El Salvador”, acompañado de un video de una calle recién pavimentada.
La calle en cuestión, según verificaron usuarios de Twitter, está a dos cuadras de un tramo sin alumbrado público y a tres de un poste de tendido eléctrico que lleva cuatro meses caído.
Pero eso, como diría el vocero presidencial, es culpa de los “lobbies internacionales”.
“Miren”, dijo Gabriela al despedirse, “si algún día vuelvo a El Salvador, espero que el internet funcione. Y que pueda tomar un café en la calle sin que me asalten. Y que la universidad pública tenga presupuesto para investigación. Cuando eso pase, tal vez me quede. Mientras tanto, Budapest me queda bien”.
Y colgó. Tenía una clase de húngaro en veinte minutos.