San Salvador — En el arte de la política, pocas cosas son tan útiles como tener un nombre elegante para tus críticos. “Lobbies”, por ejemplo. Suena a grupos oscuros de poder, a intereses extranjeros, a conspiraciones internacionales. O, como le dicen en otros países: “oposición”.
El oficialismo ha perfeccionado el término: cada vez que alguien señala una contradicción, no es un crítico. Es un “lobby”. No es un periodista. Es “activista pagado”. No es un ciudadano ejerciendo su derecho. Es “un grupo de presión financiado desde fuera”.
“Es mucho más fácil desacreditar a alguien diciendo que es un lobby que responderle con argumentos”, explicó el Dr. Carlos “El Semántico” Medina, experto en retórica política. “Además, lobby suena a gente en traje conspirando en una sala oscura, no a un periodista preguntando cosas incómodas”.
La estrategia es brillante en su simplicidad: mientras controlas 60 de 60 diputados, la Corte Suprema, la Fiscalía y los medios públicos, cualquier crítica viene de “lobbies internacionales”. La Asamblea no es unipartidista, es “eficiente”. La falta de oposición no es autoritarismo, es “democracia efectiva”.
“Llamar a las cosas por su nombre sería demasiado fácil”, añadió Medina. “Mejor inventemos nombres nuevos para que la gente no se dé cuenta de que estamos hablando de lo mismo de siempre”.